Con la exposición Pierre Bonnard, la Fundación Beyeler celebra el gran colorista francés y uno de los artistas modernos más fascinantes. Más de 60 pinturas de reconocidos museos y colecciones privadas proporcionan información sobre las fases de su carrera. Pierre Bonnard (1867 – 1947) fue co-fundador del grupo de artistas conocido como los Nabis, que admiraban el estilo de Paul Gauguin y la xilografía japonesa. En París, Bonnard representa la vida ajetreada en las calles y en los cafés, antes de retirarse primero en Normandía, muy cerca de los jardínes de nenúfares de Monet, luego viajó a la soleada Costa Azul, donde se inspiró con la luz y colores del mediterráneo. Continuamente experimentando, produjo variantes en las combinaciones de colores cada vez más nuevos, y con los sorprendentes puntos de vista sobre temas de la vida cotidiana, en donde el tiempo parece haberse detenido. La modelo favorita del artista era la misteriosa Marta, su musa y esposa. Bonnard creó armoniosas naturalezas muertas, interiores enigmáticos, íntimos desnudos femeninos, autorretratos dotados de movimiento y paisajes decorativos cuya magnífica gama de colores son únicas en el arte moderno.
“Pierre Bonnard, uno cree que es conocido, pero muchos ignoran la existencia de su obra”. Sam Keller, director de la Fundación Beyeler, resume así el lugar que ocupa hoy en día el artista.
El carácter único de Pierre Bonnard contribuyó quizá a su carencia de aura en la historia del arte. Mucho tiempo fue considerado como demasiado prudente y convencional. Los 60 cuadros expuestos en Riehen (Basilea) muestran hasta qué punto no lo era.
La Fundación Beyeler, cuyo museo, diseñado por Renzo Piano, abrió sus puertas en 1997, pretende reintegrar a su justo lugar a este maestro del color. La recién inaugurada exposición – que concluirá el 13 de mayo – cubre todas las etapas creativas del artista. “Queremos que una nueva generación descubra a Bonnard”, dice Sam Keller, quien desde su llegada a la Fundación ha logrado tantas exposiciones exitosas que el museo rompió el récord de asistencia en 2011.
La peculiaridad de la Fundación consiste en cambiar de manera regular la colocación de las obras, incluso de la colección permanente. Cuenta además con la prestigiosa colección creada por Ernst Beyeler y su esposa Hildy. Así, las retrospectivas, en alternancia con presentaciones de artistas contemporáneos, son articuladas en torno a obras de la colección. Es el caso de Pierre Bonnard, a quien Ernst Beyeler apreciaba mucho.
Un nuevo museo Bonnard
El pintor parece conocer un renacimiento en los museos, aunque la última exposición individual en Suiza se remonta a 1999 (Gianadda). Una gran retrospectiva fue organizada en 2006 en el Museo de Arte Moderno de París. La Villa Flora, en Winterthur, también tiene muchas obras del artista. En junio pasado, un museo Bonnard fue inaugurado en Cannet, en los Alpes Marítimos, donde murió Bonnard.
“Yo no soy de ninguna escuela, únicamente pretendo hacer algo personal”, declaró Pierre Bonnard. Sus composiciones se renuevan constantemente y osan ángulos sorprendentes. Más importante aún, sus investigaciones sobre los colores y el mecanismo de la mirada -el historiador del arte Jean Clerc dijo de Bonnard que se trataba de “un aventurero del nervio óptico” – atraen la atención.
La Fundación Beyeler decidió organizar la exposición de tal manera como si se visitara la “casa imaginaria” del artista. El espectador es llevado inicialmente a mirar hacia la calle, uno de los temas favoritos de Bonnard en el comienzo de su carrera, cuando participó en la creación del grupo de los Nabis. Su “japonismo”, al final del siglo XIX, le valdrá incluso el sobrenombre de ‘nabi japonard’. Un biombo (El paseo de las nodrizas) ilustra ese gusto por el arte y los objetos del archipiélago asiático.
Melancolía
El visitante pasa luego a la segunda sala del museo, donde están reunidas las obras de ‘El Comedor’. La melancolía del ‘Desayuno de Misia Natanson’ procede a la vez de la mirada perdida de la joven, expresada con un estilo difuso y suave, que de la naturaleza muerta que ocupa la parte inferior de la composición. Las escenas de interior permiten a Bonnard experimentar nuevas perspectivas. Según Ulf Küster, curador de la muestra, Bonnard representa también así, una sociedad en vías de desaparición.
La frialdad y la inmovilidad aparente del comedor contrastan con las escenas del cuarto de baño y los desnudos, otro de los temas favoritos de Bonnard, cuya modelo es su musa y esposa, Marthe. Uno de los cuadros más bellos de la exposición, ‘El hombre y la mujer’ (1900), muestra a Marthe sentada en una cama, mientras que el pintor se representa de pie del otro lado de un espejo colocado en el suelo. No hay erotismo, sino una dulzura teñida también de melancolía.
Los jardines, otro objeto de la exploración pictórica, ocupan diversas salas de la exposición, intituladas, ‘El jardín salvaje’, ‘el jardín soleado’ y ‘jardines y paisajes’. Pierre Bonnard les ha consagrado gran número de pinturas, primero en Normandía, en la casa ‘Ma roulotte’, en Vernonnet, luego en la Costa Azul, en la Villa ‘Le Bosquet’, en Cannet. En los jardines encontró muchas ideas para sus experimentos con los colores. Las fotografías dan testimonio del jardín como un lugar de la vida familiar, y de los preparativos para los cuadros, cuando Marthe camina desnuda entre los arbustos.
Autorretratos
En el exterior, los rostros de los personajes son a menudo difusos, casi irreconocibles. Es también el caso de Bonnard mismo en un autorretrato poco complaciente, ‘El boxeador’ (1931), donde parece advertirse una expresión de dolor detrás de la falta de definición de su rostro. Como si vacilara en mostrarse verdaderamente, es también indistinto, de mayor edad, en el ‘Retrato del artista en el espejo del vestidor’. En contraste, más joven, se pinta, a la Gauguin, con una barba, y mira directamente al espectador.
Para Bonnard, el color era una manera de influir en el alma. O, como lo dijo él mismo: “No se trata de pintar la vida, se trata de dar vida a la pintura”.







