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Sigüenza, septiembre de 1936
Nadie se lo pide, nadie lo pretende, pero allí está Mika, en la noche oscura, montando guardia en el cerro, al igual que otros en el campo y en las inmediaciones de la ciudad de Sigüenza.
Un temblor la sacude cuando distingue los puestos del enemigo, cada vez más cerca. También los fascistas apilan piedras, pero detrás tienen poderosas ametralladoras, y ellos ¿qué?: una miseria de fusiles, unos pocos cañones, dinamita y bombas caseras.
Los altos mandos han ordenado resistir el mayor tiempo posible para bloquear a las tropas de los rebeldes e impedir que entren en Madrid. Mika duda de que envíen refuerzos, como prometieron. Les ha tocado este hoyo maldito, el peor lugar. Piensa que es un combate perdido de antemano; sin embargo, esta tarde, cuando sintió que el desaliento ganaba a los milicianos, les soltó:
-Si nos fuéramos ahora de Sigüenza, dirían que tenemos miedo. Los milicianos del POUM no somos cobardes.
Una palabra eficaz. ¿Cobardes? No, ellos tienen cojones, resistirán. Pero ¿cómo?, ¿qué podrán hacer sólo con voluntad, por mucha pasión revolucionaria que tengan, contra los aviones de los fascistas, contra soldados mejor armados y entrenados para la guerra?
Tendrá que hablar con el comandante, exigirle que ordene la evacuación de la ciudad o encuentre con urgencia los refuerzos para defenderla. ¿Exigirle Mika a un comandante del Ejército, a un militar de carrera, ella que todo lo ignora sobre asuntos militares?
Sí, porque ya no es sólo que no les falte abrigo o comida, como antes, ahora se siente responsable del destino de sus milicianos.
¿Mis milicianos?, se sorprende. Cuánto tiempo ha pasado de aquella incomodidad de los primeros días ante estos combatientes tan poco parecidos a los militantes internacionalistas a los que Mika estaba acostumbrada. ¿Dos, tres meses? Tres siglos. El tiempo se cuenta distinto en la guerra.
¿Fue aquella noche en el cerro? ¿Qué día, qué situación, qué hecho, qué batalla te hizo capitana, Mika?
¿Fue cuando requeriste al emisario fascista un pliego firmado con las condiciones de la rendición? Por él supiste que te identificaban como una mujer peligrosa que mandaba entre los rojos.
¿Fue cuando honraron a tu columna con la Internacional por su desempeño en la batalla de Moncloa? ¿Cuando la bomba te sepultó y sin embargo lograste sobrevivir? ¿Cuando en Pineda de Húmera encontraste la manera de resistir catorce horas a los ataques? Ya tenías los galones en la capa cuando les dabas a tus hombres el jarabe para la tos en las trincheras, entre el silbido de las balas.
Y aun antes, ¿qué te llevó a luchar en España, tan lejos de donde naciste, a entregarte tan íntegramente a esa guerra, a hacerla tan tuya que los mismos milicianos te eligieron capitana?
Los pueblos vecinos están cayendo en manos del enemigo, pero para extender el frente les haría falta diez veces más armas, y el triple de milicianos. Ellos deben resistir en Sigüenza, defenderla calle a calle, compañeros, dice el comandante, y mantener las posiciones en los alrededores de la ciudad.
Y llega esa mañana agujereada por las ametralladoras y los chillidos de mortero. Y al día siguiente los aviones de los fascistas, tres y otros tres, y más. Mika cuenta veintitrés. Un alarde de poder. La estación de tren donde está el cuartel del POUM no la tocan, buscan la ciudad, un barrio al azar, el hospital, y las carreteras donde se concentran los grupos de combatientes. Cuerpos destrozados. Cientos de víctimas, civiles y milicianos.
Hay que resistir y esperar refuerzos. Esperar. Y en la espera, Mika organiza, habla, sostiene, crece. Y se entrena con el flamante mosquetón que le regaló el sargento López dos días después de la batalla de Atienza.
-Es para ti -le dijo López y puso el lustroso fusil en sus brazos-. Te aliviará la pena, te cambiará las ideas. Aprende a usarlo y no te separes de él.
Y no se separa, ya ha aprendido a tirar.
Mis padres pusieron el grito en el cielo cuando les dije que me iba al frente: ¿Te has vuelto loca, Emma? Que no, de ningún modo, que no me lo permitían. Llevaba dos años, desde los catorce, cuidando los niños en la misma casa en la que mi madre es criada. Para servir a los ricos, para ser explotada tenía edad, pero para tomar decisiones, para pensar, era una cría. Yo ya estaba afiliada a la Izquierda Comunista, que luego se fusionó con el Bloque Obrero y Campesino y se hizo el POUM, y tengo claras mis ideas. Me escapé de mi casa. Como la Abisinia, Carmen y María de las Mercedes. Somos todas muy jóvenes, ninguna llega a los veinte.
La jefa no, ella es mayor, tiene más de treinta.
-No soy la jefa -me dijo Mika el otro día.
Pero lo es, porque manda. Nadie la habrá nombrado jefa, pero es ella quien le pidió al comandante que mandara refuerzos o evacuara la ciudad, me lo contó el Deolindo, que siempre se mete donde nadie lo llama y lo escuchó. Aunque el comandante no le hizo ni caso, ni a ella ni a los otros jefes: que aguantemos donde estamos, que hay que resistir. Es Mika quien se reúne con los que mandan en las otras organizaciones, y luego conversa con nosotros sobre lo que está pasando, y es ella, que es mujer y extranjera, la que pone los puntos sobre las íes cuando hace falta en la columna del POUM.
Es esa manera tan especial que tiene de imponerse: explicarnos lo que ella misma va aprendiendo, abrigarnos, darnos el chocolate caliente, encender antorchas en nuestro desamparo. Y esas verdades como puños que dice y que nadie se atreve a discutirle. Hay que ver lo que manda. Y sin gritos. Aunque a algunos no les gusta que Mika organice, que es una metomentodo, dicen, que a ver por qué tiene una guiri que decirles lo que hay que hacer. Pero lo que les molesta no es que sea extranjera sino que es mujer, a mí ésos no me engañan. Menos mal que son pocos, por suerte. Y están nerviosos, como todos, porque no hay combate.
Desde el ataque de la aviación fascista, qué miedo espantoso me dio, casi no hay movimiento en la ciudad. Están preparando algo gordo, parece.
Espero que lleguen pronto los refuerzos de Madrid. Hay quien dice que los militares son unos traidores, hijos de su madre, y que nos van a dejar pudrir en Sigüenza. Yo no lo creo, cómo nos van a hacer eso. Han matado a no sé cuántos en el ataque aéreo, familias enteras se han refugiado en la catedral y los compañeros que combaten en las afueras se ven obligados a replegarse más y más sobre la ciudad. Dicen que un día de éstos habrá batalla aquí mismo.
A mí ya se me pasó el miedo. Ese nudo tenaz en el estómago, en todo mi cuerpo, no aflojó hasta muchos días después de la batalla de Atienza. Yo no fui, quería pero no me dejaron, me quedé en el puesto de primeros auxilios, con el médico y Mika. Fue terrible verlos llegar, algunos tan tremendamente heridos, y con las peores noticias: los muertos.
Pero ahora estoy más preparada. Ya sé hacer una bomba y pronto aprenderé a tirar con el fusil, la próxima batalla no me dejan en la retaguardia.
No lo diré para que no se rían de mí, ¡marxista y supersticiosa!, pero pienso que esta casa a la que nos mudamos ahora, cerca de la estación de Sigüenza, nos traerá buena suerte en la próxima batalla. Vamos a ganar la guerra, estoy segura.
Tampoco estamos solos en este frente. Están los ferroviarios de la UGT, socialistas; el batallón Pasionaria, del Partido Comunista; la columna CNT-FAI, anarquistas, y nuestra columna del POUM, la menos numerosa, pero la mejor, como le dije ayer a Sebastián, que es de los nuestros. Y nos reímos los dos, orgullosos.
Ligera, así se siente Mika. Casi aérea, sin angustia, como escribió anoche en sus notas. Su mundo se ha reducido a esa casa de dos pisos que ocupa ahora con su columna del POUM, la estación de tren de Sigüenza donde se reúne con los responsables de las organizaciones, el telégrafo para comunicarse con los altos mandos en Madrid y esa frontera imprecisa con el enemigo.
Fuera de ese frente no existe nada, ni existió nunca. Sin pasado, sin porvenir, el presente puede acabar mañana, dentro de cincuenta años o en cinco minutos. Por eso es tan inmenso… y tan terrible. Tan distinto de todo lo conocido.
Su propio cuerpo reacciona de una manera extraña, como si hubiera cambiado su composición química y no necesitara alimentarse ni descansar. Puede estar hasta tres días con sus noches despierta. Y lúcida.
Cómo explicar esa loca alegría que sintió cuando consiguió organizar las comidas, las botas para cada uno de sus milicianos, y el termo con el café caliente; o ese entusiasmo que brota al calor de las discusiones con los compañeros en la estación de Sigüenza.
Aunque después de lo que le dijo Emma, Mika procura no quedarse tanto tiempo en la estación, no quiere inquietar a sus hombres.
A los milicianos no les gusta que la jefa pase mucho tiempo fuera de la casa, no lo dicen claramente pero yo sé que tienen celos de los hombres de la estación. Pesqué un comentario suelto, una grosería, una sospecha de uno que otro rechazó duramente. No es bueno que comiencen a desconfiar, ahora que le hacen caso sin tanta protesta. Dudé porque no sabía cómo podía reaccionar Mika, pero al final junté coraje y se lo dije esta tarde, ella sabrá qué hacer.
-¿Celos? -se sorprendió Mika-. ¿De quién, de qué?
-Sí, celos. De los hombres de la estación, creen que les haces más caso que a ellos. Parece que fueran tu marido -y me reí para disimular la vergüenza que me daba-. ¡Todos esos de marido… menuda faena! -ella también se rió-. Pero tenlo en cuenta, Mika, no vaya a ser que se cabreen ahora que ya están conformes, y hasta orgullosos de tenerte de jefa. Ya sabes cómo son los hombres, si no confían en ti…
-Gracias, Emma.
No se lo dije sólo para convencerla, es cierto, están contentos con Mika, a su manera la quieren; si no, por qué los celos. Yo creo que ahora hasta les gusta hacer lo que ella dice, se sienten más tranquilos. No hay más que ver al Hilario, lo que ha cambiado. En la casa nueva pone su colchón en la puerta del cuarto de Mika para impedir que alguien entre y la despierte. Me acuerdo de lo que pasó con él cuando estábamos en el cuartel del andén y me río sola.
A todas las muchachas (pero a mí especialmente porque me conoce de niña, es amigo de mi hermano), Hilario nos hartaba con sus órdenes: que limpiáramos las botas, que fregáramos el suelo. Una tarde se puso a insultarme porque le desobedecí: yo también había hecho guardia, estaba tan cansada como él.
Casi ninguno de los compañeros quería barrer ni recoger sus camas. Cuando Mika preguntó a quién le tocaba limpiar, hubo algunos murmullos, pero nadie se atrevió a contestarle. Yo no quería acusar al Hilario; al fin, él no hizo más que expresar lo que muchos pensaban:
-En otras compañías las mujeres lo hacen todo: fregar, cocinar, hasta remiendan los calcetines. Mika se acercó para no tener que alzar la voz, y lo miró detenidamente, como estudiándolo. No se rió, pero parecía:
-¿Así que crees que yo debo lavarte los calcetines?
-Tú no, claro está -se habrá sentido ridículo.
-Ni las otras tampoco. Las muchachas que están con nosotros son milicianas, no criadas. Estamos luchando por la revolución todos juntos, hombres y mujeres, de igual a igual, nadie debe olvidarlo.
Les cuesta porque no están acostumbrados, pero lo aceptan, y no faltan voluntarios, chica o chico, para esas tareas.
Esta mañana, cuando las dos muchachas de otra columna pidieron incorporarse a la nuestra, hasta orgullosos se los veía. Entre los comunistas, son las mujeres las que hacen las tareas domésticas y de enfermería.
-No he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano -nos hizo reír Manolita.
-¡Ole tu madre! -le festejaron hasta los nuevos, que son más secos que una uva pasa.
Tan serios que estaban hace una semana, cuando llegaron, y ya les está cambiando el humor. Ayer uno hasta me sonrió cuando le engrasé el fusil. Es que estamos bien en la casa del POUM: comida caliente, dinamita escondida en un pozo del jardín, los dos cantaores de flamenco por las noches, y buena gente que quiere lo mismo que yo. Está Sebastián, que se las da de mayor pero tiene mi edad, un cielo. Están Mika, Anselmo, y hasta al Hilario lo estoy queriendo un pelín. Y ayer llegaron unos chavales, dos hermanos, que vienen de otro frente. El mayor me hacía ojitos ¿o eso me pareció? Vaya tunante, en plena guerra.
Y aunque no es de los nuestros, está Juan Laborda, el ferroviario que me enseña a llenar los cartuchos de dinamita, guapísimo y tan valiente. Él sí que me trata como a una combatiente.
Vamos a ganar, tenemos que ganar. Que lleguen de una vez los refuerzos.
Mika ha ido otra vez a la estación para saber si hay novedades, toda la ilusión abrochada a ese tren blindado que les traerá algunas municiones, pero ¿cuándo, cuándo llegará? ¿Y los refuerzos de hombres que les han prometido? Si no vienen, deberá tomar decisiones, y sin equivocarse, es lo que los milicianos esperan de ella.
Los hombres reaccionaron muy mal cuando el comandante los reunió y les dijo que deben seguir defendiendo la ciudad, hasta el último palmo de terreno, y si se pierde, que se encierren en la catedral, una «fortaleza inexpugnable».
Pa’ tu padre la catedral, cretino, gritó Anselmo; traidor, gritó otro, y una feroz andanada de insultos se desató. Que mandara gente y armas. Lo haría, afirmó el comandante, y partió hacia Madrid.
Pero cuando Mika les preguntó qué querían hacer, ellos respondieron con otra pregunta: ¿Qué harás tú? Que lo hablaran entre todos, les pidió, tampoco a ella le gustaba la idea de encerrarse en la catedral, pero pensaba que había que quedarse y esperar los refuerzos.
-El que se quiera ir que dé un paso adelante -propuso Mika.
Sólo tres lo dieron.
¿Fue entonces, Mika, cuando asumiste la responsabilidad de permanecer en Sigüenza y esperar ese tren blindado?
Mika chapoteando a tientas en el barro de la guerra, el suelo cada vez más firme bajo sus pies.
Ayer fue muy clara con sus queridos amigos Alfred y Marguerite Rosmer, que vinieron a visitarla desde Francia. No podía ni siquiera detenerse a reflexionar sobre lo que hablaban: que la no intervención de Francia e Inglaterra, que Rusia quizás ayude pero Stalin se lo cobrará con creces al pueblo español.
Esas preciosas horas de discusiones políticas, de debates con los camaradas, lejanas como la imagen candorosa de la revolución de su adolescencia, tan distinta de esta guerra.
¿Regresará Mika a Francia?, le preguntaron.
No, no regresará. Ella pertenece a esta guerra, es su guerra, el único sentido que tiene ahora su vida.
Los Rosmer la comprenden, pero les duele enormemente -también a Mika- la sola idea de no volver a verse. Se estrecharon en un fuerte abrazo. Probablemente, el último. ¿Cuánto más podrá conservar su vida Mika? Unos días… con suerte, unos meses.
Fuente: El Cultural
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La capitana Mika sale del olvido
Tereixa Constenla.- Hay vidas cargadas de literatura. La de Mika Feldman de Etchebéhère es pura novela desde que nació en Entre Ríos, en la colonia argentina fundada por judíos huidos de la persecución zarista, y murió en París arropada por amigos ateos y bendecida por su asistenta. Entre 1902, año de su nacimiento, y 1992, el de su muerte, el mundo se convulsionó a menudo. Y Mika tenía la llamativa costumbre de estar en el epicentro de estas convulsiones, ya fuese el Berlín de 1933 en pleno ascenso del nazismo o el Madrid acosado por los sublevados contra la Segunda República en 1936.
No fue una más entre los miles de extranjeros —idealistas y/o ideologizados— que acudieron a España a coger su fusil. Mika, comunista alérgica a los carnés y amante de la disidencia que la alejó siempre del aparato soviético, llegó con su marido Hipólito poco antes del golpe militar de julio del 36. Parecía otra escala más en su viaje internacional hacia la revolución, que les había arrancado de la Patagonia y les había llevado a París y Berlín. No tenían más patria que las ideas.
Pero España fue muy diferente. Estalló una guerra y una revolución. Ellos querían ganarlas ambas. “En la tarde del 18 de julio empezó nuestro andar en busca de armas y de alistamiento, de un sindicato de la UGT a otro de la CNT, entre grupos de jóvenes casi niños y hombres casi ancianos, entre rumores y discursos, entre canciones y consignas, mezcladas a la marea que subía de todos los barrios y se echaba sobre la Puerta del Sol. A todos nos temblaban las manos ansiosas de un arma”, narró la propia Mika Feldman en una carta inédita, recogida por el historiador argentino Horacio Tarcus.
Aquella dentista argentina que hasta 1936 a duras penas aceptaba “el camino de las armas” como instrumento revolucionario pasó a compartir lo que había expresado una miliciana que deseaba un reparto igualitario de tareas: “No he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano”. Y tal vez fue la mujer con mayor rango militar durante la Guerra Civil. En aquellos días su arrojo militar alimentó cierta leyenda, si bien no le ahorró la persecución estalinista desatada contra el POUM. Finalmente el borrón de los vencedores sobre los vencidos la disipó de la memoria colectiva y la relegó a reductos militantes, como la Fundación Andreu Nin. Luchó por españoles, aunque pocos conocen ahora su historia.En España ocurrió algo irreversible: la muerte de Hipólito, jefe de una columna de 150 milicianos, en agosto de 1936. Mika, que hasta entonces había contribuido desde la retaguardia con labores sanitarias, da un paso adelante. Mosquetón en ristre, los milicianos del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) aceptan su mando con la misma naturalidad con que se dejan cuidar por ella durante las batallas de Sigüenza, Moncloa o Pineda de Húmera.
Un día de marzo de 2007, la escritora Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) visitó la casita de París en la que Mika Feldman había pasado incontables horas de su vejez entre plantas. “Me encontré un jardín abandonado y me pareció que ese abandono era una metáfora de su memoria”. Y en esa sensación Osorio encontró el empuje definitivo para armar su novela La Capitana (Siruela), en la que rehace la intensa vida de una mujer que participó en los acontecimientos más trascendentales del siglo XX guiada por su idea de justicia, igualdad y libertad. “Perteneció a un mundo que una no conoce, ya no existe ese tipo de gente”, reflexiona la escritora.
Cuanto más se zambullía en la biografía, más asombrosa le resultaba. “Si yo hubiera inventado un personaje así, resultaría inverosímil: alguien que conoció a Breton y era amiga de Cortázar, que fue dentista en la Patagonia, que estuvo al frente de una columna en la guerra… Me pareció una mujer extraordinaria, una especie de Che Guevara que se jugó la vida”, explica Osorio.Elsa Osorio llevaba años encadenada al fantasma de Mika Feldman, desde que el escritor argentino Juan José Hernández le habló de ella a mediados de los ochenta. Rastreó sus huellas poco a poco, con la paciencia de un sioux: un artículo escrito por ella en 1945, titulado El niño guerrillero; encuentros con amigos; consulta de notas manuscritas y diarios; descubrimiento de la Fundación Andreu Nin, guardianes de la memoria del POUM, y búsqueda en archivos de España, Francia y Estados Unidos.
La novela también se publicará, entre otros, en los países con huellas de Hipólito y Mika, como Alemania, Francia y Argentina. En todos intentaron cambiar el mundo, el mundo era su patria. Cuando, en La Capitana, un exiliado argentino la anima en París a participar en la guerra de las Malvinas en 1982 con las siguientes palabras “Y que bueno sería para vos, por fin una guerra tuya, de tu país, no una guerra ajena”, Mika se indigna y llama a su amigo Julio Cortázar para buscar un cómplice. A ninguno le cabía el patriotismo en una bandera.
Fuente: El País.
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Elsa Osorio básica.-
Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) es una escritora que vive en Madrid, donde imparte talleres de narrativa. Ha publicado Ritos Privados, Reina Mugre, Beatriz Guido, Mentir la verdad, Las malas lenguas. Su última novela, A veinte años, Luz, ha sido traducida a dieciséis lenguas. Su obra ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional en Argentina, Premio Argentores al mejor guión de Comedia, premio al Periodismo de Humor, Premio Amnesty International, y ha sido finalista del Premio Fémina en Francia.
Fuente: Ediciones Siruela







