Tradicionalmente, la capital de la danza de Europa occidental siempre había sido París. Esta ciudad la había visto prosperar durante las décadas de 1830 y 1840, con piezas románticas como La Sílfide (1832) y Giselle (1841), dos ballets que alcanzaron un gran éxito internacional. Si bien entre los franceses predominaban los ballets románticos, los italianos presentaban producciones espectaculares que subrayaban el virtuosismo tanto de las bailarinas como de los bailarines. En la época en la que los ballets se presentaban en teatros de ópera estuvieron siempre a la sombra de las producciones operísticas. Sin embargo, a partir de la década de 1860 fue más frecuente que la danza-teatro se presentara en salas de conciertos y teatros populares para llegar a la creciente población urbana.Mientras que en Rusia el público estaba acostumbrado a asistir a veladas exclusivamente de danza, en Europa occidental los ballets se presentaban en programas que incluían otros tipos de espectáculos. El cuerpo de baile desempeñaba un papel prácticamente decorativo; en cambio, los avances en la técnica de la danza destacaban el virtuosismo de los bailarines principales. Esto estuvo estrechamente ligado al desarrollo de las zapatillas de punta, el acortamiento del tutú y la capacidad de los bailarines para los saltos y los giros. Hacia finales del siglo XIX, el tipo de formación que se impartía en Rusia,combinando elementos de las escuelas francesa e italiana, había producido bailarines excelentes. El repertorio ruso estaba dominado por ballets de Marius Petipa y Lev Ivanov, como La bella durmiente (1890), El cascanueces (1892) y El lago de los cisnes (1894). No obstante, en los albores del siglo XX comenzaron a parecer estereotipados y la nueva hornada de coreógrafos detectó la necesidad de crear producciones innovadoras.
El personaje
Serge Diaghilev era un editor de arte, crítico, organizador de exposiciones y promotor de música y óperas rusas antes de conocer la fama internacional presentando espectáculos de danza entre 1909 y 1929. Terminaría convirtiéndose en uno de los empresarios culturales más importantes del mundo.
La mayoría de los bailarines que presentaba habían recibido formación de danza académica en escuelas de San Petersburgo, Moscú y Varsovia, pero en su compañía incluyó también a bailarines de danzas tradicionales y otros formados en escuelas occidentales. La cohesión de todos ellos como compañía fue fruto de las enseñanzas de Enrico Cecchetti, Nicolas Legat y Lubov Chernicheva. Los nuevos conceptos del movimiento que introducían los principales coreógrafos marcaban las direcciones que tomaba la danza.
Coreógrafos, compositores y diseñadores se inspiraron en fuentes muy variadas, como la pintura, la cultura rusa, los “teatros de juguete” británicos, la mitología y los cuentos y la música tradicionales. En sus constantes viajes en tren, de gira con la compañía por Europa, Diaghilev entró en contacto con nuevas ideas, leyó intensamente y conoció las tendencias que surgían en las artes visuales. Todo esto, combinado con sus conocimientos de música clásica y su capacidad para absorber y recombinar ideas, sentó las bases de su éxito.
Las primeras temporadas en Europa occidental
El 19 de mayo de 1909, tras varias semanas de publicidad, Diaghilev estrenó su primera temporada de ballet ruso en París. El público quedó deslumbrado por la calidad y la variedad de la danza y los sorprendentes diseños para los ballets. En las pocas temporadas que siguieron, un tímido elemento ruso dominó las producciones. El exotismo de la música innovadora magnificaba el impacto de las representaciones, sobre todo la de Igor Stravinsky y un abanico de compositores franceses. El principal coreógrafo de la compañía era el bailarín ruso Mijail Fokine. Aprovechó la oportunidad que le brindó Diaghilev de crear más piezas para el Ballet Imperial y puso en práctica sus propias propuestas de reforma de las coreografías.
Visualmente, la primera temporada de los Ballets Rusos estuvo marcada por los exóticos diseños del artista de origen ruso Léon Bakst. Sus colores resplandecientes, sus ondulantes elementos Art Nouveau y su sentido de lo erótico marcaron una nueva forma de concebir las producciones de danza como obras de arte total.
Después del triunfo de Diaghilev con la crítica en 1909, y pese a unas pérdidas económicas de 76.000 francos (más de 398.000 euros de hoy en día), sus producciones estuvieron muy solicitadas en toda Europa. Así, en 1911 fundó los Ballets Rusos, pensando en una gira de un año y no tanto en un proyecto de varias temporadas.
La Primera Guerra Mundial supuso la caída de los imperios Ruso, Alemán, Austro-húngaro y Otomano. Después de una cruenta guerra civil, Rusia pasaría a ser controlada por el comunismo y Diaghilev no regresaría nunca a su país.
La belle époque que había visto nacer los Ballets Rusos quedaría fragmentada para siempre; no obstante, las obras creadas durante las primeras temporadas siguieron gozando del favor del público.
Los grandes temas de Diaghilev (Rusia, el clasicismo y el orientalismo) empezaron a ser tratados en el contexto de la modernidad. Otros ballets reflejaban el interés por temáticas como la cultura en torno a la playa, el cine y los deportes.
Hacia 1920 los Ballets Rusos tenían un repertorio importante, al que se añadían nuevas creaciones todos los años. Artistas de la vanguardia francesa como Matisse, Derain y Braque diseñaron producciones, y los coreógrafos Massine, Nijinska y Balanchine abordaron el movimiento de forma innovadora. Massine combinó danzas tradicionales y regionales con el ballet, mientras que Nijinska y Balanchine ampliaron la técnica del ballet académico.
Diaghilev y su compañía tuvieron que ajustarse a circunstancias económicas muy distintas. Montecarlo ofrecía ahora una base invernal para planificar nuevas piezas; la mayoría de los estrenos seguían presentándose en París mientras que las largas temporadas en Londres proporcionaban cierta estabilidad financiera.
Los Ballets Rusos se refugiaron en España entre 1914 y 1918, coincidiendo con la Primera Guerra Mundial, una época en que resultaba imposible ir de gira por las ciudades y los teatros donde habían triunfado en sus primeros años.
Tras pasar seis meses de 1915 en Suiza, donde se reformó la compañía, y hacer una primera gira por Estados Unidos, los Ballets Rusos se instalaron en España y artistas rusos, franceses y españoles se agruparon alrededor de Diaghilev y su energía creativa. Alfonso XIII respaldó a la compañía permitiéndole actuar en Madrid y Barcelona e ir de gira por el país. También los ayudó a regresar a Londres, a unos escenarios donde cosecharían grandes éxitos en 1918 y 1919.
Una vez firmada la paz, la compañía de Diaghilev siguió volviendo a España para actuar, y Barcelona resultó ser un punto de partida idóneo durante la década de 1920 para iniciar las giras después de cerrar las temporadas invernales en Montecarlo. Los artistas españoles fueron cobrando importancia, siguiendo la estela de Josep Maria Sert, el primero que, sin ser de origen ruso, diseñó un ballet para Diaghilev. Destacan nombres como Juan Gris, Joan Miró, Pedro Pruna y, sobre todo, Pablo Picasso. Todos ellos diseñaron decorados y vestuario y, además, realizaron ilustraciones de la compañía y participaron en programas especiales producidos por los Ballets Rusos.
Compositores (el más destacado fue Manuel de Falla), directores de orquesta y bailarines españoles se incorporaron a la compañía de Diaghilev y, en 1921, por recomendación del empresario británico C. B. Cochran, una troupe de bailarines españoles presentó Cuadro flamenco en París y Londres.
A pesar de que muchos de los ballets propuestos que retraban España no acabaron materializándose, Las Meninas, inspirado en la genial pintura de Velázquez, se estrenó en San Sebastián en 1916. En El sombrero de tres picos, estrenado en Londres en 1919, Léonide Massine combinaba con el ballet elementos que acababa de aprender de la danza española, y los decorados de Picasso evocaban la España imaginaria. Con estos ingredientes consiguió cautivar la imaginación del público de toda Europa.















